Izquierda Anticapitalista-Madrid. Febrero 2013
Los servicios públicos constituyen la infraestructura básica de las
sociedades contemporáneas, el soporte material que garantiza la
convivencia y las posibilidades de vida buena. Nos resulta ya
inimaginable el simple transcurso de nuestra vida sin la presencia de
este tipo de servicios básicos (agua, electricidad, sanidad, educación,
transporte).
El disfrute de los derechos ciudadanos que hoy tendemos a dar por
sentado, y los servicios públicos que los hacen efectivos, no es fruto
de ningún tipo de evolución natural de las sociedades y los Estados. Por
el contrario, resultan de muy largas y duras luchas protagonizadas
durante siglos por aquellos sectores de la población que sufrían la
violencia y las exacciones de los poderosos. Con la consecución de la
ciudadanía y el acceso a los servicios públicos, no sólo hemos podido
dignificar nuestra existencia sino que hemos mejorado sus posibilidades
de hacer frente a esa violencia cotidiana.
Pero estas conquistas distan de ser admitidas pacíficamente por los
grupos dominantes. En su actual fase de globalización el capitalismo,
tras haber colonizado la práctica totalidad de la vida social (con su
dinámica de obtención de beneficios y acumulación de capital), trata de
mercantilizar también los patrimonios, bienes y servicios públicos. Con
la colaboración o la pasividad de la mayoría de los Estados, pretende
convertir lo que eran derechos de todas y todos en mercancías de las que
podrán disfrutar sólo quienes acrediten suficiente capacidad de compra.
A medida que se van pinchando las sucesivas burbujas en que se ha
basado su crecimiento durante los últimos lustros, el capitalismo vuelve
sus ojos a la existencia de una demanda segura constituida por los
servicios públicos. Intenta construir, sobre estos espacios de derechos,
prósperos mercados de servicios (basándose en la seguridad que
proporciona la inelasticidad de estas demandas: nadie puede renunciar al
agua potable ni al cuidado de la salud). El Estado del Bienestar, así,
habrá desempeñado un papel de “inversión en demanda” para el capitalismo
neoliberal.
Desde que llegó al gobierno, el PP ha dedicado buena parte de sus
esfuerzos, en el marco de una brutal ofensiva contra los derechos de la
población trabajadora, a una continua y sistemática labor de ataque
contra los servicios públicos esenciales. Los cuales, con todas sus
imperfecciones, constituyen unas condiciones mínimas de existencia para
los de abajo –y aún más en las condiciones de creciente desigualdad
dentro del Reino de España.
El envite alcanza dimensiones civilizatorias. Es toda una forma de
concebir las relaciones sociales, basada en la sumisión al poder del
dinero y a la supuesta sabiduría sistémica encarnada en los mercados
financieros, la que se pretende imponer a las poblaciones sometidas a
los Estados antes llamados del Bienestar (cuando tal condición era
funcional al incremento permanente de la tasa de ganancia de las
economías capitalistas), y ahora cada vez más endurecidos como Estados
disciplinarios.
La ofensiva no ha empezado en 2012 y ni siquiera ha sido privativa
del PP. Siempre con la coartada de Bruselas, también los gobiernos del
PSOE han participado en la misma, contribuyendo a asentar un “sentido
común” para el que la gestión pública parece equivalente al despilfarro y
la ineficiencia. Pero hay que reconocer que en esa labor ha jugado un
papel de vanguardia el gobierno de la Comunidad de Madrid, controlado
desde hace años por el sector más duro del PP, aquel que tiene al Tea
Party estadounidense como referente y en el que los jóvenes
naziliberales hacen sus pinitos antes de incorporarse a más altos
destinos.
En la sanidad pública los diferentes gobiernos estatales habidos en
nuestro país han ido recorriendo este camino desde hace años, desde la
promulgación de la Ley 15/1997 que abría de manera franca la puerta a la
privatización del Sistema Nacional de Salud, hasta el reciente Real
Decreto-Ley 16/2012, que supone la ruptura del modelo público y de la
universalidad y gratuidad de la asistencia sanitaria en el momento de su
uso. En la Comunidad de Madrid se ha ido profundizando en esta línea a
través de la LOSCAM (Ley de Ordenación Sanitaria de 2001) y del decreto
de creación del Área Única de 2010. La política del gobierno del PP se
ha dirigido de forma preferente a ampliar el ámbito de la participación
privada en la gestión del sistema sanitario madrileño: un bocado
apetecido para los grupos empresariales y los grandes inversores ávidos
de ganancia sin riesgos ni molestas competencias. En la presente
legislatura el gobierno regional, desembarazado de la -por lo demás
inocua- presencia del PSOE en el gobierno central, se ha lanzado a tumba
abierta en una política que bajo el pomposo nombre de “Plan de medidas
de garantía de la sostenibilidad del sistema sanitario público” pretende
convertir ese sistema público en el motor de su particular proyecto de
recuperación económica, a través de la penetración de las
multinacionales y a costa de los derechos de la población madrileña y de
los derechos de las y los trabajadores sanitarios. Su ejecución
supondría el banderazo de salida para la descapitalización y la
privatización completas del sistema público, desde los hospitales
tradicionales a los centros de salud, además del despido de una parte
considerable del personal sanitario y la pérdida de la calidad y
accesibilidad a la asistencia sanitaria para los y las ciudadanas.
La ofensiva contra la enseñanza pública –un sector estratégico para
el poder a causa de su especial capacidad para moldear a la población y
crear hegemonía ideológica— viene también de lejos. Por una parte, se
trata de una fuente de ganancia más que puede encauzarse hacia sus
empresas cercanas. Así, ya hace ocho años comenzaron con la parte más
débil, la educación infantil, creando guarderías con nulo valor
educativo (almacenamiento de niños) pero generadoras de fuertes
beneficios económicos. Continuaron con los conciertos educativos: cada
vez a más centros, dando suelo público, detrayendo el dinero de la
escuela pública para que, después de una fuerte campaña de descrédito,
fuese decayendo hasta convertirse en subsidiaria de la privada o
concertada: una escuela para pobres, para emigrantes, para alumn@s con
dificultades…
Pero no podemos obviar otra parte tan problemática o más que el
convertir a la escuela pública en un mero recurso asistencial. Hubo que
pagar el apoyo de la Iglesia Católica a sus políticas, y así se sometió a
familias y alumn@s a unas propuestas religiosas cada vez más radicales.
Se ceden suelo a confesiones “neocón” para que construyan sus propios
colegios, dándoles el concierto incluso antes de estar construidos y
facilitando que en esas zonas de nuevos desarrollos inmobiliarios no se
creen centros públicos (o sólo alguno especialmente pequeño para poder
convertirlo en el guetto de la zona). Así se ha colonizado (o
“cristianizado…” según ellos): el ensanche de Vallecas, Las Tablas, el
ensanche de Alcalá de Henares… Comunión y Liberación (grupo religioso al
que pertenece la Consejera de Educación de Madrid, Lucía Figar) ha sido
uno de los agraciados, junto con el Opus Dei… Y por si esto no hubiera
sido ya bastante, ahora se intenta desarrollar una nueva “Ley Wert” que
favorece de forma fulminante a esta clase de escuela religiosa y que
blinda enteramente el concierto en colegios de corte tan reaccionario
como nuevas confesiones que separan los sexos.
Así, familias, alumnos, alumnas, profesoras y profesores se enfrentan
a una disyuntiva terrible: enseñanza pública sin medios, con
dificultades económicas, con problemas serios de personal… o una
enseñanza adoctrinadora que busca formar súbditos creyentes, sumisos,
competitivos, trabajadores/ consumidores que les sirvan como mano de
obra barata, sin derechos, sin protesta, con cristiana resignación
frente a los poderes superiores que quieren representar. Tal educación
se aleja absolutamente de la igualdad de oportunidades, la necesaria
equidad, la crítica constructiva, el trabajo solidario, el pensamiento
científico, la capacidad crítica… En fin, en apenas ocho años un
retroceso de más de medio siglo.
Además de las doctrinas reaccionarias de la jerarquía católica y sus
fuerzas auxiliares, esta ofensiva tiene en su origen estrategias de la
OCDE y la OMC, con una clase de análisis que puede rastrearse en las
publicaciones de FAES. Análisis según el cual la enseñanza pública
constituiría un obstáculo objetivo a la modernización del sistema,
entendida tal modernización como adecuación absoluta a los perfiles
laborales demandados por los sectores económicos dominantes y de futuro y
a los de los futuros consumidores; todo ello en el marco del proyecto
de renovación de la sociedad madrileña y española según los valores del
capitalismo más despiadado. La remoción de este obstáculo permitiría,
además, depurar una población laboral con un alto índice de
sindicalización y una clara orientación de sus preferencias políticas
hacia la izquierda. Al servicio de dichos objetivos, el gobierno
regional del PP ha impuesto una congelación de vacantes destinada a
envejecer lo más posible la plantilla actual, junto con la imposición de
más obligaciones laborales (algunas de ellas claramente disparatadas), y
todo ello orientado a degradar de forma acelerada la calidad de la
enseñanza como condición necesaria para el paso a su privatización.
En 2001, la LOU (Ley Orgánica de Universidades) del PP ya impulsó la
privatización y mercantilización de la universidad pública. En
2008-2010, pese a la resistencia en diversas universidades del Reino de
España contra la implantación del “Plan Bolonia”, éste fue avanzando.
Con el Real Decreto-Ley 14/ 2012 (aprobado por el Consejo de Ministros
en abril de 2012) se dan pasos decisivos hacia una universidad sometida a
los imperativos de valorización del capital. Aunque este decreto haya
sido publicado en el BOE, se trata de una norma injusta, ilegítima y
elaborada de forma antidemocrática. Pese a que se escuda bajo el
eufemismo de “racionalización del gasto público en el ámbito educativo”,
se trata en realidad de un cambio de modelo educativo, tan dañino para
la enseñanza pública en todos sus niveles que tiende a hacernos
retroceder en el tiempo medio siglo. Si se aplica sin trabas y se
desarrolla expulsará a las capas populares de la educación superior,
abrirá ésta al capital financiero, degradará la calidad de la educación
en todos sus niveles y someterá el sistema educativo a los intereses el
sector privado (en línea con la “estrategia Universidad 2015”). En la
Comunidad de Madrid, el estrangulamiento presupuestario de las
universidades públicas está provocando un palpable deterioro.
En el sector de los transportes públicos los gobiernos regional y
municipal de Madrid, que disponen de una excelente infraestructura
soportada en buena medida con el endeudamiento a medio y largo plazo de
los contribuyentes madrileños, han creído llegado el momento de aligerar
lo que consideran excesiva carga de costes salariales de las empresas
públicas de transporte, Metro y EMT, y se disponen a llevar a cabo un
ERE con o sin el consenso de los sindicatos mayoritarios, bastante
debilitados y desprestigiados desde hace años en el sector. Todo esto
acompañado de un creciente deterioro en la calidad y seguridad del
servicio que ya estamos sufriendo las y los usuarios, por efecto de una
paulatina reducción en las dotaciones para mantenimiento y conservación.
El Canal de Isabel II es una empresa pública para el suministro de
agua a los municipios de la región madrileña con resultados positivos
desde hace muchos años y sin aparentes problemas de financiación para el
futuro, teniendo en cuenta que dispone de un “mercado cautivo” de 177
municipios, que sus activos se encuentran en un proceso de amortización
sostenible con los recursos generados y que el índice de morosidad
(usuarios que dejan de pagar) es muy bajo. A pesar de todo ello, el
gobierno regional anunció en 2008 su intención de dar entrada a
inversores privados en el capital social de la empresa como forma de
asegurar la financiación necesaria para la extensión de los servicios de
la misma derivados de las exigencias de reutilización de las aguas
residuales y los otros imperativos establecidos por la Directiva Marco
del Agua. Al respecto debe señalarse que este gobierno regional ha
rechazado convenir con la Administración General del Estado, como han
hecho el resto de las CC.AA., con el fin de recibir el apoyo estatal y
de la UE para la financiación de las depuradoras exigidas por la
normativa comunitaria. Hasta la fecha la operación de entrada de capital
privado no ha tenido éxito, pero entretanto el gobierno regional ha
conseguido atar a los municipios mediante convenio al llamado “nuevo
modelo de gestión” (que no es otra cosa que la privatización del Canal y
el compromiso de los Ayuntamientos para vender una parte de sus
acciones a los socios privados).
Finalmente, el Gobierno del PP tiene un objetivo claro para las
Administraciones públicas (General del Estado, Autonómica y local): bajo
las pretensiones de “racionalización y modernización” lo que hay es la
aplicación de las políticas neoliberales a las mismas. Se trata de
reducir la Administración pública a su mínima expresión, desprovista de
recursos y de personal, y todo ello con una intención soterrada de
“recentralización del Estado” (esto es, desandar el camino de la
descentralización autonómica). No se reserva mejor suerte para el sector
público estatal (IBERIA, AENA, Correos, FMYT, NAVANTIA….) que se
pretende desmembrar, privatizando los sectores rentables con el objeto
de obtener ingresos y ceder a los grandes capitales porciones del
patrimonio público subsistente.
Este breve repaso a las principales políticas privatizadoras del
gobierno del PP sólo tiene por objeto ilustrar los objetivos esenciales
de sus políticas, las herramientas de que se vale para impulsarlas y los
efectos buscados con ellas. Como decíamos al principio, nos encontramos
con un gobierno en la vanguardia de la ofensiva reaccionaria de la
derecha y el capital financiero contra los derechos ciudadanos y las
instituciones en los que se encarnan estos derechos, fundamentalmente
los servicios públicos analizados, en una perspectiva cada vez más clara
de dejar en el olvido el pacto social en que se ha apoyado el consenso
en torno al régimen político vigente desde 1978.
Contra esta ofensiva se han levantado movilizaciones sectoriales
auto-organizadas en algunos casos, como el de la educación y la sanidad,
apoyadas por las y los usuarios, así como por la ciudadanía en general
que ha visto peligrar condiciones esenciales de vida que creía amparadas
por el ordenamiento constitucional.
No obstante su amplitud y, en algunos casos su combatividad, aún no se
percibe en estas movilizaciones una clara orientación contra la política
general de los gobiernos regional y estatal del PP. Iniciativas como la
convocatoria de la marea ciudadana para el próximo 23 de febrero
podrían ser un buen punto de partida para superar esta deficiencia, si
se consigue que los movimientos sectoriales que participan en ella
coordinen efectivamente sus acciones e incorporen a los sindicatos de
trabajadores a las mismas, especialmente a UGT y CCOO, absolutamente
paralizados desde la huelga general del pasado 14 de noviembre.
Pero es preciso además dotar a las mismas de un contenido explícito
de ruptura con el consenso del 78, en abierta crisis de legitimidad tras
su reconstitucionalización neoliberal y autoritaria -que ha culminado,
por ahora, en la reforma del artículo 135 para imponer la “regla de oro”
del pago de una deuda ilegítima- y la salida a la luz de una corrupción
sistémica que afecta a pilares fundamentales del mismo. Han sido los
partidos del Régimen –PSOE y PP sobre todo— los que han ido convirtiendo
los derechos sociales reconocidos en la Constitución formalmente
vigente en papel mojado. No basta con la derogación de las múltiples
leyes ilegítimas e infames promulgadas desde la llegada del PP al
Gobierno (como la de acompañamiento a los presupuestos de la Comunidad
de Madrid, la LOMCE de Wert, la de la reforma laboral, etc). Se trata de
dirigir esta energía colectiva contra las instituciones del Régimen
político en las que una parte de la ciudadanía todavía confía para
detener las brutales agresiones de los gobiernos del PP y promover unos
servicios públicos de calidad y gestionados democráticamente. En el
desenmascaramiento de estas instituciones un papel esencial corresponde a
los partidos de la izquierda y a los sindicatos, que deberían ser los
primeros en denunciar de forma decidida las políticas del PP, así como
la función neutralizadora y legitimadora que para las mismas desempeñan
las instituciones del Régimen, la Corona en primer lugar.
Los y las anticapitalistas nos sentimos comprometidos con esa
orientación como tarea fundamental de nuestro quehacer colectivo y la
vamos a defender, en la medida de nuestras fuerzas, en todos los
movimientos donde participamos. Contra quienes quieren cambiar la
educación por “formación de capital humano”; contra quienes llaman
“externalizaciones” a privatizar la sanidad pública; contra quienes
imponen un sistema de tasas judiciales que acaba con la igualdad de las
ciudadanas y los ciudadanos ante la ley; contra quienes socavan esa base
irremplazable de la convivencia democrática que son los servicios
públicos de calidad gestionados de manera participativa, contra esa
minoría que representa los intereses de la plutocracia estamos las y los
anticapitalistas.
LOS SERVICIOS PÚBLICOS NO SE VENDEN, SE DEFIENDEN
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