La
Dirección General de la Memoria Democrática, dependiente de la
Vicepresidencia de la Junta de Andalucía, representa perfectamente
la línea de acción y de pensamiento en lo que se viene llamando
desde hace años la “memoria histórica”. Se trata, en palabras
de Diego Valderas, de “(…) dar respuesta desde el Estado
democrático a los derechos de verdad, justicia y reparación de las
víctimas y sus familiares.” (Memoria
democrática, noviembre de
2013). Esa línea de pensamiento y actuación se basa, a mi entender,
en las siguientes premisas: 1) El golpe de Estado de julio de 1936
encabezado por Franco tuvo como principal objetivo acabar con un
régimen democrático similar al que tenemos actualmente; 2) Las
personas que fueron víctimas de la represión franquista durante y
después de la Guerra Civil Española, lo fueron por defender ese
régimen democrático; 3) Todas las personas son iguales en dignidad
y merecedoras del mismo trato de respeto. Las dos primeras premisas
tienen un carácter historicista, es decir, responden a una
particular interpretación de la Historia. En pocas palabras, en
España había una democracia que era buena, y vinieron los malos,
que eran los fascistas o los franquistas, y acabaron con ella. En esa
interpretación de la Historia no hay clases sociales, solo hay
individuos, que, por defender aquella democracia, asimilada a la
actual, fueron encarcelados, denigrados, fusilados, expulsados, etc.
Por lo tanto, en esa interpretación de la Historia no hay lucha de
clases sino un conflicto entre grupos de individuos cohesionados por
una manera de pensar, por una opinión en torno a la manera de
organización política del Estado, democracia (liberal, claro) sí o
no. Esta es una simplificación bastante burda, lo sé. La
historiografía que sigue esa línea de interpretación enriquece lo
que acabo de escribir con matices múltiples: religión, moral, etc.
La última premisa tiene un carácter filosófico, es uno de los
pilares del Pensamiento Moderno emanado de la Ilustración y es
también uno de los pilares de antropología y la ética de I. Kant.
A su vez, fue en su tiempo la filosofía o sistema de pensamiento que
sustentó la toma de consciencia política de la burguesía del siglo
XVIII y XIX y, en consecuencia, sustentó también las revoluciones
liberales desde la americana y la francesa de finales del siglo XVIII
hasta las de nuestros días, podríamos decir, incluida nuestra
“modélica transición”, si la entendemos como un proceso de
transformación política.
Es
decir, que las instituciones actuales interpretan la Historia
eliminando de ella a las clases sociales y a la lucha de clases,
defienden el modelo de democracia burguesa que ahora tenemos y que
tuvo también España entre 1931 y 1939, y deciden restituir la
dignidad a las personas que fueron víctimas del franquismo por
defender la democracia legalmente constituida.
Pero
la Historia se presta a interpretaciones menos burguesas, menos
liberales y menos kantianas desde el momento en que quien la escribe
o la investiga se da cuenta de que los individuos no solo se
identifican por su manera de pensar o de opinar sino por sus
intereses de clase. Y cuando se hace eso una ya no ve en la II
República Española o en la Guerra Civil Española un choque de
opiniones, sino la expresión de la lucha de clases, una ve una
Revolución Social en marcha. Y cuando una ve eso, ya esto de la
“memoria democrática o histórica”, institucionalizada por IU
gracias a su pertenencia al gobierno de la Junta de Andalucía, no le
parece ni tan convincente ni tan dignificador de las víctimas.
La
burguesía y sus asalariados políticos e intelectuales no tienen
ningún interés en que la memoria histórica recupere el recuerdo de
cómo obrerxs y jornalerxs españolxs intentaron muy en serio llevar
a cabo una revolución social, una profunda transformación social y
económica en España en aquellos años, porque seguramente
recuperando el recuerdo recuperarían también la consciencia de
pertenencia de clase y de coincidencia de intereses materiales, más
allá, mucho más allá de simples opiniones, y se darían cuenta de
que quien acabó con la Revolución Española fue la misma burguesía
que ahora pretende, a través de sus asalariados políticos e
intelectuales, dignificar a sus antepasados, convertidos en víctimas,
cuando en realidad su verdadera dignificación debe consistir en
restituirles su condición de luchadorxs obrerxs.
Las
voces y las palabras escritas de quienes sí ven en la República y
la Guerra Civil una Revolución, ven la hermosa Revolución Española,
y ven también a quienes cayeron como luchadorxs y no como víctimas
del mal, no son pocas, pero les es difícil hacerse oír y entender.
Por eso estoy muy contenta por una pequeña publicación que este año
pasado ha salido. Es un libro muy breve y muy modesto en su edición.
Lo ha escrito y lo ha editado Ignasi Toribio Chiva, y se llama
República y Revolución en
Guadix. 1931-1939. Vale la
pena, por lo menos para salir del empalagamiento en que las
instituciones y lxs escritorxs institucionales nos imponen con sus
trabajos de investigación archivística, llevada a generar tablas
estadísticas, o arqueológica, que tiene como resultado la sepultura
cristiana de quienes seguramente nada querían saber de la religión.
Y vale la pena también porque nos habla de lo que sucedió aquí, en
los pueblos donde vivimos y porque al leerlo nos damos cuenta hasta
qué punto el franquismo, el brazo armado y fascista de la burguesía,
no lo olvidemos, no solo acabó con la vida de individuos, sino con
la esperanza de revolución y emancipación de la clase obrera.
Obras
como esta y como muchas otras son o debemos entenderlas como dignas
continuadoras de lo que ya L. Trotsky supo ver en tiempo real y
escribió en su obra La
revolución española.
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