Alberto Loja, militante de Izquierda Anticapitalista Granada
El pasado 18 de Septiembre de 2014, a unas horas de que se cerraran
las urnas y conociéramos los resultados del referéndum por la
independencia escocesa, todos los medios de comunicación unionistas y
del régimen del Estado español se frotaban las manos ante los sondeos
que apuntaban una victoria clara del no.
Recomiendo, antes de continuar mi reflexión, para quien desconozca la
situación escocesa a fondo, el completo y breve artículo publicado en
esta misma web titulado "Escocia y el referéndum por la independencia"
por el camarada griego Alexis Liosatos, militante de Kokkino, traducido
por el compañero Tomás Martínez:
http://www.anticapitalistas.org/spi...
En el Estado español hemos podido comprobar cómo la prensa del
régimen, destacando los servicios informativos de Radio Televisión
Española, ha metido miedo durante la semana de la Diada con una clara
táctica de doctrina del shock alertando de la fuga de capitales y la
devaluación de la libra esterlina frente al euro que se producía
inmediatamente tras conocerse las primeras encuestas que daban la
victoria al sí.
Sin embargo durante la jornada del referéndum la bolsa de Londres y
la libra esterlina registraron subidas, lo que se interpreta como el
voto de confianza de los inversores al no y a que al día siguiente el
Reino seguiría siendo Unido y de la Gran Bretaña.
Otra lectura podría haber sido que Londres y la Unión Europea ya
tenían preparado un paracaídas para estabilizar un resultado rupturista.
Escocia, aunque pequeña, es una joya importante de la Corona. De hecho,
Alex Salmond, líder del Partido Nacionalista Escocés y experto en
economía petrolera y ex ejecutivo de uno de los principales bancos de
Escocia, ya ha regalado los oídos de las multinacionales y grandes
empresas prometiendo una Escocia independiente con una fiscalidad más
baja que Reino Unido.
Tras la derrota, el primer ministro británico David Cameron ya se ha
comprometido a iniciar un plan de reformas constitucionales para
conceder mayor autonomía no sólo a Escocia sino al resto de naciones que
integran el Reino Unido, incluida Inglaterra, la única de las cuatro
que carece de parlamento y gobierno autónomo. Este referéndum tras el
no, desde mi punto de vista, queda como paradigma del "cambiar todo para
que nada cambie".
Tanto es así que Salmond, decepcionado, ha anunciado su dimisión como
líder de gobierno, cargo que ocupa desde 2007, y como líder de partido
para Noviembre de este año. Resumen el clima de estancamiento las
irónicas declaraciones del viceministro principal norirlandés Martin
McGuinness, del Sinn Féin, quien ha dicho que "Ya nada será lo mismo
para Escocia ni para ningún lugar" y ha exigido un referéndum por la
unificación de la Irlanda ocupada a la República de Irlanda.
Este interminable conflicto dentro de las Islas Británicas,
referéndum que, sin embargo, puede ser convocado en cualquier momento
por la/el Secretaria/o de Estado de Irlanda del Norte, designada/o por
el Primer Ministro británico, tras el Acuerdo del Viernes Santo. Pero,
¿qué habría cambiado en Escocia si hubiera ganado el sí?
El primer ministro David Cameron, amenazando que una victoria del sí
"le partiría el corazón", estaba arropado por su socio de gobierno, el
viceprimer ministro demo-liberal Nick Clegg, y el líder de la oposición,
el laborista Ed Miliband; la reina Isabel II, sin embargo, no quiso
pronunciarse sobre una "decisión del pueblo escocés": es natural que el
secesionismo escocés del SNP no le quitara el sueño. La consulta del SNP
no planteaba la cuestión republicana y hay una facción de los
nacionalistas escoceses que apuestan por que la jefatura del nuevo
Estado escocés continúe siendo ostentada por el/la monarca británica/o,
como ya ocurre en otros países de la Commonwealth.
Los tronos de Inglaterra y Escocia se unificaron de facto en 1603 con la
proclamación de Jacobo VI de Escocia, de la casa Estuardo, como rey de
Inglaterra, siendo el legítimo heredero a la Corona inglesa tras la
muerte sin descendencia de Isabel I de Tudor; la unión de iure nació en
1707 con la primera Union Act, inspirada más bien por intereses
imperialistas de ultramar que por vínculos de sentimiento nacional.
El independentismo escocés, por muy nacionalista que se diga el SNP,
no es nacionalista. La mayoría de sus símbolos nacionales (sí, esos que
Hollywood ha explotado) nacen en el romanticismo, con autores literarios
como Walter Scott. Escocia carece de lengua propia, de una tradición
religiosa en los últimos dos siglos que la distancie de Inglaterra y, lo
más importante, de un pasado histórico de opresión nacional y cultural
como pueblo. Es más, junto a sus vecinos del sur, enarbolaron la bandera
imperial británica por todo el globo del durante siglos.
El nacionalismo del SNP se asienta sobre los vastos yacimientos
petróleo descubiertos en el Mar del Norte a finales de la década de los
60 y principios de la década de los 70, cuya gestión y tributación desde
entonces ha servido para los nacionalistas escoceses como argumento
principal para la secesión y el mantenimiento del Estado independiente,
que se tradujo en elevados réditos electorales para un partido entonces
minoritario. Los millones de dólares generados de las tasas sobre los
ingresos del crudo acaban en las arcas de Londres.
Si el sí ganase hoy, Escocia pasaría a recaudar el 91% de la tasa. El
proyecto nacional del SNP es la creación de un petro-estado
proteccionista que garantice el bienestar social. El ensañamiento de los
gobiernos de Margaret Thatcher con las trabajadoras y trabajadores de
la industria y la minería escocesas hicieron virar el voto de la
población hacia la socialdemocracia, representada entonces por los
laboristas, y el nacionalismo populista del SNP; con la Tercera Vía de
Tony Blair, la reconfiguración del proyecto socialdemócrata escocés
recayó en el SNP.
Comparemos las condiciones materiales de dos concejos que han votado
antagónicamente: por un lado, Glasgow (53,5% sí; 46,5% no;
participación: 75%) y, por otro lado, el concejo (también llamado
"reino", ’Kingdom’) de Fife (45,00% sí; 55,00% no; participación: 84%). A
partir de la década de los 80 Glasgow sufrió una desindustrialización
que la ha tornado en una economía fundamentalmente del sector terciario,
dominada por la Administración pública, sanidad, venta al por menor, y
negocios y finanzas.
Glasgow, que celebró por todo lo alto la muerte de Thatcher, cuya
capital ha sido históricamente la avanzadilla del sindicalismo escocés
contra las políticas de la Dama de Hierro, presumió de ser el área
metropolitana que más desempleo tuvo en el Reino Unido en 2013 según la
Oficina de Estadísticas Nacionales: 30,2% de hogares sin personas
adultas empleadas entre 16 y 64 años ha sido el dato sin gran variación
en los últimos ocho años. Salarios bajos, jornada laboral muy reducida,
contratos eventuales, infraempleo. El nivel de empleo en Glasgow estaba
ocho puntos por debajo de la media escocesa en 2013: una situación que
contrasta mucho con la de Fife.
En esta última región, comunicada con Edimburgo a través de un
colosal puente que facilita el transporte de mercancías, se encuentran
implantados el mayor centro de distribución que Amazon tiene en Reino
Unido, la mayor grúa pórtico de Reino Unido, una multinacional noruega
de procesado de pescado, una embotelladora de espirituosos Diageo,
industria multinacional de telefonía móvil e informática, industria de
fabricación e instalación de energías renovables, industria siderúrgica
enfocada a las petrolíferas y las renovables… y el nivel de empleo a
sólo un punto por debajo de la media de Escocia y de Reino Unido según
los datos de julio de 2014 de la institución Fife Economy Partnership.
Las campañas de la prensa británica y de los grandes partidos
unionistas (especialmente la del "Better Together" de los laboristas,
que ha sido apodada "del miedo") han sido verdaderas filmografías de
terror apocalíptico y catastrofista. El Sunday Post llegó a escribir que
el SNP financiaría al nuevo Estado Islámico de Siria e Irak por apoyar
éstos supuestamente la independencia escocesa.
Escribía arriba que el independentismo escocés no es un movimiento
genuinamente nacionalista, aunque haya sido secuestrado por dicha
tradición. El SNP ha sabido cómo reconducir las aspiraciones del
movimiento obrero escocés, en sus distintas expresiones sindicales y
sociales, hacia su propio proyecto político burgués. Por ejemplo, en el
siglo XIX en Edimburgo nacieron las primeras universidades obreras por
iniciativa de la Asociación Internacional de Trabajadorxs, con una gran
cuota de matriculadas y matriculados, gratuitas y universales.
El movimiento obrero llegó a construir tal hegemonía cultural que hoy
la educación en Escocia es gratuita, pública y universal desde párvulos
hasta el posgrado; el sistema de las universidades de la Internacional
obrera llegó a contagiarse incluso a las universidades estatales (véase
la de St Andrews o la de Edimburgo, de las más antiguas de Europa).
El referéndum escocés, aunque pactado bilateralmente entre los
gobiernos políticos de Edimburgo y Londres, surge del impulso de décadas
de movilización social y sindical del movimiento obrero en Escocia
contra la ofensiva neoliberal. En Londres ha localizado la clase obrera
escocesa "el comité de administración de los negocios de la burguesía".
La expresión democrática del pueblo escocés sobre la autodeterminación
nacional, en Cataluña el 9 de Noviembre mediante la desobediencia civil,
es ejercicio de un derecho fundamental que nos conduce a considerar
inevitablemente también el derecho de un pueblo a decidir la gestión de
la propiedad y los recursos naturales.
Por eso, en mi opinión, el resultado del referéndum es quizá un
fracaso táctico de la clase obrera escocesa por la vía independentista,
pero no estratégico, puesto que la cuestión nacional, bajo mi criterio,
no es elemento inseparable de la emancipación obrera escocesa. No
perdamos la esperanza de ver desestabilizarse el Reino Unido y la Europa
de la Troika como en el periodo de 1916-17 los pueblos obreros y
campesinos de Irlanda y Rusia resquebrajaron los dos imperios más vastos
del mundo.
Por supuesto, digamos sí a una Escocia independiente, pero
delimitemos, bajo la bandera del internacionalismo obrero, unas
fronteras para el nuevo Estado que no puedan sobrepasar los viejos
poderes que sojuzgan y explotan a nuestra clase. ¿Qué independencia
queremos? ¿Sobre qué queremos decidir?
Parafraseando al líder socialista obrero irlandés James Connolly, nacido
y criado en los suburbios industriales de la capital escocesa: si
mañana echáis al ejército inglés, desterráis la Union Jack e izáis la
Cruz de San Andrés solitaria sobre el Castillo de Edimburgo; a menos que
emprendáis la organización de una república socialista todos vuestros
esfuerzos habrán sido en vano.
Inglaterra todavía os dominará. Lo hará a través de sus capitalistas,
sus terratenientes, a través de todo el conjunto de instituciones
comerciales e individuales que ha implantado en este país y que están
regadas con las lágrimas de nuestras madres y la sangre de nuestros
mártires.